Jesús empieza el sermón de la montaña con ocho frases que le dan la vuelta a lo que el mundo llama suerte. «Bienaventurado» quiere decir feliz, dichoso. Son el retrato del propio Jesús y el programa de vida de quien quiere seguirle.
Las ocho bienaventuranzas (Mateo 5, 3-10)
- Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos
- Los que no ponen su seguridad en lo que tienen y saben que lo necesitan todo de Dios.
- Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra
- Los que no responden al mal con violencia.
- Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados
- Los que sufren y los que se duelen del mal del mundo.
- Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados
- Los que desean de verdad que las cosas sean como Dios quiere.
- Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia
- Los que perdonan y se compadecen.
- Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios
- Los que no tienen doblez y miran sin segundas intenciones.
- Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios
- Los que reconcilian en vez de enfrentar.
- Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos
- Los que pagan un precio por hacer el bien y por su fe.
Las bienaventuranzas no se cumplen como una norma: se van pareciendo a uno con los años. Sirven muy bien como examen de conciencia, junto a los mandamientos.