En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
Señor Jesús, la cruz no fue la última palabra.
Quiero recorrer contigo los días en que volviste a buscar a los tuyos, uno por uno.
Enséñame a reconocerte vivo en lo de cada día.
Primera estación. Jesús resucita de entre los muertos
Te adoramos, Cristo resucitado, y te bendecimos, porque con tu Pascua has dado la vida al mundo.
Nadie te vio salir del sepulcro: ocurrió de noche y sin testigos.
Lo más grande que ha pasado en la historia pasó en silencio.
Yo quiero pruebas ruidosas, y tú trabajas cuando nadie mira.
Señor, enséñame a fiarme de lo que haces en mí sin que yo lo note.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Segunda estación. Los discípulos encuentran el sepulcro vacío
Te adoramos, Cristo resucitado, y te bendecimos, porque con tu Pascua has dado la vida al mundo.
Pedro y Juan corren, y lo único que encuentran son unas vendas dobladas.
Juan vio aquello tan pequeño y creyó.
A mí me cuesta creer con mucho más delante.
Señor, dame ojos para leer las señales pequeñas.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Tercera estación. Jesús se aparece a María Magdalena
Te adoramos, Cristo resucitado, y te bendecimos, porque con tu Pascua has dado la vida al mundo.
Ella te confunde con el hortelano hasta que la llamas por su nombre.
No te reconoce por la cara, sino por cómo dices «María».
También a mí me llamas por mi nombre, y casi nunca me paro a escuchar.
Señor, que reconozca tu voz entre todas las demás.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Cuarta estación. Jesús camina con los discípulos de Emaús
Te adoramos, Cristo resucitado, y te bendecimos, porque con tu Pascua has dado la vida al mundo.
Se iban de Jerusalén dándolo todo por perdido, y tú te pones a andar a su lado.
Les dejas contar su tristeza entera antes de decir nada.
Cuántas veces has caminado conmigo mientras yo me quejaba de que no estabas.
Señor, quédate en mi camino también cuando voy en dirección contraria.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Quinta estación. Jesús se da a conocer al partir el pan
Te adoramos, Cristo resucitado, y te bendecimos, porque con tu Pascua has dado la vida al mundo.
Te reconocen en un gesto de mesa, el mismo de la última cena.
Y en cuanto te reconocen, desapareces: ya no les hace falta verte.
En cada misa repites ese gesto, y yo estoy pensando en otra cosa.
Señor, que arda mi corazón cuando partes el pan para mí.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Sexta estación. Jesús se aparece a los discípulos en el cenáculo
Te adoramos, Cristo resucitado, y te bendecimos, porque con tu Pascua has dado la vida al mundo.
Tenían las puertas cerradas por miedo, y tú entras igual.
Lo primero que dices no es un reproche por haber huido: es «paz a vosotros».
Yo también me encierro cuando he fallado, creyendo que vendrás a pedir cuentas.
Señor, entra en lo que tengo cerrado y dame tu paz.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Séptima estación. Jesús da a sus discípulos el poder de perdonar
Te adoramos, Cristo resucitado, y te bendecimos, porque con tu Pascua has dado la vida al mundo.
Soplas sobre ellos y les confías lo más tuyo: perdonar los pecados.
Lo pones en manos de los mismos que te habían abandonado tres días antes.
Me cuesta pedir perdón y me cuesta más todavía darlo.
Señor, que no deje pasar el perdón que me ofreces ni niegue el que me piden.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Octava estación. Jesús confirma la fe de Tomás
Te adoramos, Cristo resucitado, y te bendecimos, porque con tu Pascua has dado la vida al mundo.
Tomás puso condiciones, y tú vuelves ocho días después solo por él.
No le riñes: le ofreces las llagas y le dejas tocar.
Mis dudas no te asustan ni te alejan.
Señor mío y Dios mío, creo: ayuda mi poca fe.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Novena estación. Jesús se aparece junto al lago de Tiberíades
Te adoramos, Cristo resucitado, y te bendecimos, porque con tu Pascua has dado la vida al mundo.
Han pasado la noche pescando y no han sacado nada.
Tú estás en la orilla con unas brasas encendidas y el desayuno hecho.
Después del fracaso no me esperas con un sermón, sino con algo caliente.
Señor, que vuelva a echar la red donde tú me digas.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Décima estación. Jesús confía a Pedro el cuidado de su rebaño
Te adoramos, Cristo resucitado, y te bendecimos, porque con tu Pascua has dado la vida al mundo.
Tres veces le preguntas si te quiere, una por cada vez que te negó.
No le pides explicaciones: le pides amor, y le das una tarea.
Tú no me defines por mi peor día.
Señor, tú lo sabes todo: tú sabes que te quiero.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Undécima estación. Jesús envía a sus discípulos por todo el mundo
Te adoramos, Cristo resucitado, y te bendecimos, porque con tu Pascua has dado la vida al mundo.
Son once, algunos todavía dudan, y los mandas a todas las naciones.
No esperas a que estén preparados: prometes estar con ellos.
Yo espero a sentirme capaz antes de hacer nada por ti.
Señor, envíame como soy, y ven conmigo.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Duodécima estación. Jesús asciende al cielo
Te adoramos, Cristo resucitado, y te bendecimos, porque con tu Pascua has dado la vida al mundo.
Te vas bendiciendo, y ellos se quedan mirando al cielo.
Hacen falta dos ángeles para decirles que bajen la vista y se pongan a caminar.
No te has ido lejos: te has ido para estar en todas partes.
Señor, que te busque en la tierra, donde me has dejado trabajo.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Decimotercera estación. Los discípulos esperan al Espíritu con María
Te adoramos, Cristo resucitado, y te bendecimos, porque con tu Pascua has dado la vida al mundo.
Nueve días juntos, rezando, sin saber muy bien qué esperan.
María está en medio, la que ya sabía lo que es dejar hacer al Espíritu.
A mí esperar me parece perder el tiempo.
Señor, enséñame a esperar rezando, con tu Madre al lado.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Decimocuarta estación. Jesús envía el Espíritu Santo
Te adoramos, Cristo resucitado, y te bendecimos, porque con tu Pascua has dado la vida al mundo.
Un viento fuerte, unas llamas, y los que tenían miedo salen a la calle.
Cada uno los oye en su propia lengua: el Espíritu no borra a nadie, se hace entender por todos.
Ese mismo Espíritu lo recibí yo, y lo tengo medio apagado.
Ven, Espíritu Santo, y enciende en mí el fuego de tu amor.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Oración final
Señor resucitado, gracias por este camino.
Que la alegría de tu Pascua no se me quede en la iglesia.
María, Reina del cielo, alégrate conmigo y llévame a tu Hijo. Amén.