
No es un santo del calendario romano, sino una de esas figuras que la Iglesia nunca ha dejado de celebrar, sobre todo el Carmelo, que lo tiene por padre. Vivió en el siglo IX antes de Cristo y se enfrentó solo al rey Ajab y a la reina Jezabel, que habían metido en Israel el culto a Baal.
Su momento no es el desafío del monte Carmelo, con el fuego bajando del cielo, sino lo que viene después: huye al desierto, se sienta bajo una retama y pide morirse. Un ángel lo despierta dos veces para que coma, y camina cuarenta días hasta el Horeb. Allí Dios no está en el huracán, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino en el rumor de una brisa suave. Se le recuerda el 20 de julio.
Fiesta: 20 de julio · Profeta